Arcas cerradas.

 

La madre de una de mis pacientes ancianas (esto es, alguien que pasó por el mundo hace ya bastantes años) le solía repetir con cierta frecuencia, cada vez que su (entonces joven, entonces inexperta y  cuando aún creía saber algo) hija criticaba a un vecino, o suponía conocer a una amiga o familiar, o adivinar las motivaciones de alguien, o se atrevía a censurar lo dicho por una u otro:

“Hija… somos arcas cerradas”.

Nadie sabe nada de mi, ni yo de nadie, en realidad. No conocemos cuánto encierra o guarda aquel que nos mira de frente. Cuánto odio, rencor, amor o miedo. Cuánto de cierto.

Me gusta que mujeres que jamás conoceré me enseñen verdades como templos.

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