Dreamwood

Veo la escena en colores suaves, matizados, como de lápices de pintura. Es de noche -hay una luna llena, enorme y redonda como un pan, en la esquina superior izquierda- y los árboles tienen un tono verde oscuro un tanto tenebroso; sin embargo, apenas distingo sombras.

Veo más troncos de árboles allá hacia el fondo, y un arbusto que podría ser una zarza, pero también retama, o espino. El perfil de una colina trazado limpiamente contra el cielo negro  y bajo la luna gris. Y una lechuza ojiplática en una de las ramas altas que diferencian unos árboles de otros: debajo de la masa indistinta de las hojas hay una maraña de múltiples trazos marrones, como un techo de madera sobre la hierba del primer plano.Veo, veo. En el ramal descubro dos nidos, otra lechuza a lo lejos (más pequeña), una ardilla y una casita de madera para pájaros -para el cuco, pienso al instante- con tejadillo a dos aguas.

Es una imagen, lo sé; el recuerdo de una estampa infantil que en algún momento los ojos han registrado, y recuperan ahora que mi voluntad descansa y las defensas se ausentan largo rato. Esa -digamos- inquietud por comprender (y comprenderme), esos intrincados y difíciles mecanismos de blindaje y disculpa (el análisis, la búsqueda constante), conceden una tregua.

¿Qué ves?. Dejo caer la mirada por toda la pintura, admiro los colores difuminados, me aproximo en rápido zoom a los detalles que atrapan mi atención. En el claro de hierba -protagonista indiscutible- hay una enorme cama en la que una figura descansa o duerme, inmediatamente sé que soy yo: no lo deduzco ni lo supongo, es una percepción, indudable como acostumbran a ser los recuerdos (y eso en realidad es nada, es humo). Reconozco rasgos míos en ese dibujo: cierto gesto concentrado, con el ceño levemente fruncido; la blancura exasperante de la piel, el cuerpo escondido bajo las mantas. Un pequeño trazo que representa la nariz. Lleva flequillo a un lado, que yo no uso ahora pero sí entonces, cuando mi sueño sobrevenía puntual y se prolongaba durante horas infinitas, o elásticas más bien, azules y despreocupadas.

Mientras pienso si tocar la imagen -apartarle o apartarme el pelo de los ojos, puede que ni en mi propia fantasía me esté permitido- reparo en una luz a la derecha, un resplandor anaranjado o amarillo, como un fuego encendido más allá de los límites del cuadro. La posible -probable- fogata aporta un matiz cálido a todo el conjunto, un tenue resplandor que suaviza el aire siniestro del bosque nocturno. Y está la música, claro. Suena discreta, no como un murmullo sino un fondo constante, como si la llevase escuchando desde siempre, un sostén invisible de toda esta historia. Una melodía melancólica que me arrulla (a las dos: la que observa y la que duerme), me mece; y asciende luego como un revoloteo de pájaros, entre violines, sólo para dejarme caer suavemente y volver a empezar otra vez. Me resulta tan familiar que me relajo un poco y espanto -un gesto breve con la mano, limpiarse las sienes- el deseo de gritar llamando a alguien, de pedir ayuda.

Continúo callada y vigilando, y ella sigue durmiendo. Así son las cosas, pienso; en un año de (muchas, y algunas dolorosas) constataciones, ésta es sólo una más, le digo. Escudriño el ramal dibujado sobre nuestras cabezas -a estas alturas, soy una figura más pintada a carboncillo- y distingo ojos brillantes, hojas que se mueven, corrientes de aire frío. Alimañas que acechan y ramas cayendo con estrépito, nidos en peligro, personas que llegan y luego se van y algunas que no regresan nunca. La sensación de caer y no estrellarte todavía, y así durante años. El aire helado; sí.

Así que retiro la mano -aún adelantada, dispuesta a despejar la frente del molesto flequillo infantil- y me quedo cruzada de brazos, la dejo dormir y soñar con músicas en bucle infinito, con sonrisas desvaídas y olor a vainilla, con amor en lingotes como barras de turrón. Y no sé si me invade la pena -una pena flojita, perezosa, por las dos- o una modesta alegría de poder decir “yo sé a qué me refiero“.
Al rato me desperezo y salgo volando hacia las copas de los árboles, moviendo mis alas con cuidado, y entro en la casita del cuco. Tejadillo a dos aguas.

(La música sigue sonando, la recuerdo al despertar: es “A call to arms”, de Micah P. Hinson).

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. peke
    Jun 03, 2012 @ 11:18:37

    Canto máis te leo, máis te admiro. Posúes a cualidade inestimable de crear atmosfera. 🙂

    Responder

  2. Ali
    Dic 15, 2012 @ 10:04:45

    niña, hace mucho que no escribes… la felicidad enmudece 😉

    Responder

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