Mecánica/ Lección 1.

Oli levanta la cabeza de la camilla, se gira a mirarme y parece dudar o pensárselo un momento. Antes de que yo pueda abrir la boca para protestar, sonríe y comienza a reñirme suavemente.

-Te vas a cargar el coche en cualquier momento, Elena.

Me asusto. Necesito el Ibiza para trabajar, para ir al cine, para ver crecer a María y -más brusca y asombrosamente- a Mateo y Carla. Me hace falta para conocer Toledo esta Navidad, y volver a Sanabria; y para ir a casa, cuando sea que vaya.
Oli me dice que el ochenta por ciento del desgaste, o del envejecimiento -de las averías al fin y al cabo- de los automóviles se deben a las arrancadas en frío; y tú sales como una moto, sin esperar siquiera a que se temple el motor. Si al menos arrancases primero, antes de ponerte el cinturón, antes de preparar tus cosas -enumero mentalmente: la botella de agua, el manos libres, pedacitos de chocolate, Van Morrison o Mark Knopfler o Canon y Giga sonando una y otra vez, el aire caliente dirigido a mis pies- algo ganarías, aunque fuese poco.

Me digo: es verdad.

Oli vuelve a encajar la perilla trigueña en el agujero de la camilla. Dice: arranca el coche y tómate tu tiempo antes de ponerte en marcha. Y durante un rato, no corras. Su voz suena extraña así dirigida hacia el suelo, como si no me hablase a mi sino que reflexionase en voz alta; por un instante me convenzo de que no escucho más que el eco desvaído, perdido, de un consejo ofrecido mucho tiempo atrás.

Piensa antes de actuar. No digas lo primero que se te venga a la boca. Consúltalo con la almohada. No te precipites. Ten calma.

– Hazme caso, el Ibiza puede durar aún muchos kilómetros. Pero no lo aceleres hasta que el motor se haya calentado; como de aquí a Cerralbo, por lo menos. No hay prisa, no?.

No, no la hay. Seguro que no, pero a ver quién cambia a estas alturas.

-Vale, siéntate despacio. ¿Te mareas? ¿No?. Ok, relaja el hombro. Eso es, todo lo que puedas.
-Y tú relaja al conducir, que parece que te persiguen.
Me río, no puedo menos. Termino de estirar su cuello sin conseguir -una vez más- que abandone la cabeza en mis manos, y me ayuda a recoger. Prometo poner cuidado en lo de las arrancadas, y en no salir corriendo, y en no forzar el coche sin motivo. Prometo tener paciencia, le digo. Él asiente con la misma convicción que yo he demostrado (y no estoy segura de si esto es bueno o malo) y lleva una de las camillas al Ibiza.

Oli no es consciente de ello, pero le estoy prometiendo no sucumbir a un impulso antiguo -no recuerdo desde cuándo, pero la sensación es la de haberme acompañado toda la vida- e irresistible: salir corriendo.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. peke
    Dic 07, 2011 @ 19:21:33

    Ten razón Oli: non hai présa. Supoño que as ganas de saír correndo se van calmando co tempo. 😉

    Responder

  2. Jorge
    Dic 31, 2011 @ 18:48:42

    Muy currado el blog, Elena. Enhorabuena

    Responder

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