Dreamwood

Veo la escena en colores suaves, matizados, como de lápices de pintura. Es de noche -hay una luna llena, enorme y redonda como un pan, en la esquina superior izquierda- y los árboles tienen un tono verde oscuro un tanto tenebroso; sin embargo, apenas distingo sombras.

Veo más troncos de árboles allá hacia el fondo, y un arbusto que podría ser una zarza, pero también retama, o espino. El perfil de una colina trazado limpiamente contra el cielo negro  y bajo la luna gris. Y una lechuza ojiplática en una de las ramas altas que diferencian unos árboles de otros: debajo de la masa indistinta de las hojas hay una maraña de múltiples trazos marrones, como un techo de madera sobre la hierba del primer plano.Veo, veo. En el ramal descubro dos nidos, otra lechuza a lo lejos (más pequeña), una ardilla y una casita de madera para pájaros -para el cuco, pienso al instante- con tejadillo a dos aguas.

Es una imagen, lo sé; el recuerdo de una estampa infantil que en algún momento los ojos han registrado, y recuperan ahora que mi voluntad descansa y las defensas se ausentan largo rato. Esa -digamos- inquietud por comprender (y comprenderme), esos intrincados y difíciles mecanismos de blindaje y disculpa (el análisis, la búsqueda constante), conceden una tregua.

¿Qué ves?. Dejo caer la mirada por toda la pintura, admiro los colores difuminados, me aproximo en rápido zoom a los detalles que atrapan mi atención. En el claro de hierba -protagonista indiscutible- hay una enorme cama en la que una figura descansa o duerme, inmediatamente sé que soy yo: no lo deduzco ni lo supongo, es una percepción, indudable como acostumbran a ser los recuerdos (y eso en realidad es nada, es humo). Reconozco rasgos míos en ese dibujo: cierto gesto concentrado, con el ceño levemente fruncido; la blancura exasperante de la piel, el cuerpo escondido bajo las mantas. Un pequeño trazo que representa la nariz. Lleva flequillo a un lado, que yo no uso ahora pero sí entonces, cuando mi sueño sobrevenía puntual y se prolongaba durante horas infinitas, o elásticas más bien, azules y despreocupadas.

Mientras pienso si tocar la imagen -apartarle o apartarme el pelo de los ojos, puede que ni en mi propia fantasía me esté permitido- reparo en una luz a la derecha, un resplandor anaranjado o amarillo, como un fuego encendido más allá de los límites del cuadro. La posible -probable- fogata aporta un matiz cálido a todo el conjunto, un tenue resplandor que suaviza el aire siniestro del bosque nocturno. Y está la música, claro. Suena discreta, no como un murmullo sino un fondo constante, como si la llevase escuchando desde siempre, un sostén invisible de toda esta historia. Una melodía melancólica que me arrulla (a las dos: la que observa y la que duerme), me mece; y asciende luego como un revoloteo de pájaros, entre violines, sólo para dejarme caer suavemente y volver a empezar otra vez. Me resulta tan familiar que me relajo un poco y espanto -un gesto breve con la mano, limpiarse las sienes- el deseo de gritar llamando a alguien, de pedir ayuda.

Continúo callada y vigilando, y ella sigue durmiendo. Así son las cosas, pienso; en un año de (muchas, y algunas dolorosas) constataciones, ésta es sólo una más, le digo. Escudriño el ramal dibujado sobre nuestras cabezas -a estas alturas, soy una figura más pintada a carboncillo- y distingo ojos brillantes, hojas que se mueven, corrientes de aire frío. Alimañas que acechan y ramas cayendo con estrépito, nidos en peligro, personas que llegan y luego se van y algunas que no regresan nunca. La sensación de caer y no estrellarte todavía, y así durante años. El aire helado; sí.

Así que retiro la mano -aún adelantada, dispuesta a despejar la frente del molesto flequillo infantil- y me quedo cruzada de brazos, la dejo dormir y soñar con músicas en bucle infinito, con sonrisas desvaídas y olor a vainilla, con amor en lingotes como barras de turrón. Y no sé si me invade la pena -una pena flojita, perezosa, por las dos- o una modesta alegría de poder decir “yo sé a qué me refiero“.
Al rato me desperezo y salgo volando hacia las copas de los árboles, moviendo mis alas con cuidado, y entro en la casita del cuco. Tejadillo a dos aguas.

(La música sigue sonando, la recuerdo al despertar: es “A call to arms”, de Micah P. Hinson).

Dolor (II)

Una mañana llegaron las cosas bonitas y lo invadieron todo con su particular calma: luz de domingo derramándose sobre el edredón multicolor; las vacas en el prado, pacíficas y satisfechas; el perfil de las ramas de los árboles contra el cielo azul cuando caía la tarde. El calor del persistente verano. Las cosas bonitas no avisan nunca, sino que van brotando tras de ti como las huellas de tus sandalias para que dudes siempre, cuando vuelves la cabeza, de si estaban ahí desde el principio (pero tú no habías reparado en ellas) o surgieron de repente.

Mi único día completamente libre de agosto fuimos a la playa fluvial y montamos en piraguas. Me dejé llevar por la pereza, leyendo unos ratos y dormitando otros mientras mis huesos se calentaban al sol. Me sumergí en el agua mansa, aleteé lo más fuerte que pude y nadé hasta cansarme. Tenía una canción de Damien Rice metida en la cabeza, como un gusano musical de los que habla Sacks; incluso bajo el agua distinguía su voz resignada y su nostalgia, y los restos de mi propia tristeza golpeándome las sienes…

La Puerta (y la mermelada).

Wall y Melzack propusieron la teoría de la Puerta Control sobre la transmisión (y control) del dolor en el cuerpo humano. Muy resumidamente, venían a decir que todos los impulsos nerviosos que viajan hacia el cerebro -incluida la información del dolor- pasan a través de un sistema o puerta situada en la médula espinal: si ésta se encuentra abierta, nuestro cerebro percibirá el dolor, y no lo sentiremos si se cierra.
El estrés y la depresión abren este mecanismo y aumentan la percepción dolorosa, por lo que la persona puede verse inmersa en un bucle de dolencia y lamentos difícil de romper. Los fisios usamos corrientes eléctricas que estimulan las fibras gruesas (de conducción más rápida), de modo que cuando la señal del dolor llega a la puerta control, ésta ya se encuentra saturada con nuestra información, y cerrada. 
Así que el truco consiste en colapsar la puerta. No dejar huecos para el dolor.

Volví a despertarme entre aturdida y perpleja después de las horas de insomnio y duermevela inquieta, como si flotase sobre un descomunal zumbido. Está comprobado científicamente que los humanos activamos los circuitos cerebrales de la ansiedad cuando siendo bebés percibimos la ausencia de la madre, los mismos que se disparan de adultos frente a un fracaso sentimental. En el fondo, no aprendemos nada.

Cuando me derrumbó lo de J. (han volado ya tres años), cada tarde volvía a casa corriendo y me pasaba horas encajando piezas en un puzzle: cada vez que restituía alguna de ellas su posición original, sentía que no todo estaba perdido y que cierta lógica permanecía intacta en el universo. Y estaba tan concentrada en esa tarea (en esas milésimas partes de un todo) que no cabía nada más, ni siquiera mi añoranza, mi tristeza en capas. Esta vez, este año, ocupé mi tiempo y mi cabeza con las mermeladas caseras: mermelada de cereza y fresa, y de mora con bayas de saúco.
Para hacer una buena mermelada, hay que permanecer cerca y alerta, mezclar despacio la fruta y remover constantemente con una cuchara de madera. Mango y nueces; higos con ron añejo; tomate con albahaca. Paciencia y atención. Muy poco a poco la mermelada espesa, al tiempo que va mermando. El dolor también lo hace.

Punset y las bellotas

Con la excusa de buscar moras para estas cosas volví a los paseos por el campo. Allí seguían esperándome las ramas caídas y las flores chiquitas; los ríos flojos de caudal, avanzando con desgana entre las piedras de su cauce. Encontré bellotas y diminutas piñas de simetría fascinante, y me las llevé para pintarlas de colores en casa.

Regresaron las ganas de hacer fotos, de leer y escribir, de conducir con música. De sentir el sol, cuando el verano era ya un mal recuerdo. Entre castaños que amarillean y dejan una mullida alfombra dorada, una piensa que la vida es deliciosa y olvida el dolor sufrido y el imaginado, el temor antiguo de quedarme atrás, las respuestas minerales de M., la ausencia de sueños por las noches

Eduardo Punset insiste en definir la belleza como la ausencia de dolor, que deja una huella visible en nosotros, y a veces en nuestras generaciones posteriores. Por suerte, no estamos diseñados para aguantar o mantener mucho tiempo el dolor.
También aconseja, curiosamente, que nos concentremos en el árbol y no en el bosque. Que aprovechemos y exprimamos las cosas pequeñas (incluso una minúscula bellota puede hacerme sonreir), y que admitamos la evidencia de que ningún estado de felicidad es permanente. Por suerte, tampoco estamos diseñados para ello.

Pienso qué clase de persona quiero llegar a ser.

Podría jurar que lo intento.

Cada noche pido que se me conceda un día más sin dolor.

Y cruzo los dedos.

Dolor (I)

Dolor: 1. Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior. 2. Sensación de pena o congoja. (Diccionario de la RAE).

    Ha sido un mal verano, un verano triste. Julio de lágrimas y agosto de silencio. El mes de mi nacimiento, el más soleado y perezoso, se transformó en treinta y un días tensos y crispados, agotadores en el trabajo y melancólicos en las escasas horas de asueto; tres kilos menos  (lujo que no me puedo permitir) en un cuerpo que protestaba cada mañana y largas reflexiones absorbentes, circulares e improductivas. El dolor, cuando te atrapa, no deja espacio para nada más -ni siquiera para el sol de los domingos, las cigüeñas, las cenas con amigas, los planes de tiempos mejores- y todo se vuelve un buscar su causa y su remedio. Y lo hay, vaya eso por delante.

    Muchas veces, el origen de nuestra aflicción reside en el otro: el que muere, el que nos ignora, el que nos abandona, el que no escucha nuestros consejos. El que no responde a nuestras expectativas, o aquel que nos muestra los errores que cometemos. Etcétera.
Mi tendencia a colocarme en el lugar de ese otro hace que -casi siempre, las excepciones son pocas y ya muy remotas en el tiempo- lo comprenda primero, y lo disculpe después. Hacemos lo que podemos, eso es todo, y no resulta extraño que lastimemos a alguien en nuestro camino; que ofendamos y perjudiquemos a los que nos son cercanos (precisamente a los más queridos, ay); y que esa ofensa y perjuicio quede a veces sin explicación ni excusa, nadie pide perdón por lo que considera inevitable (lo siento, no quise herirte, no era mi intención, eras tú o yo, comprende…).

    Trabajo diariamente con el dolor de los demás. Lo busco con afán, lo provoco, lo rodeo y trato de disminuirlo. A veces consigo hacer que desaparecezca como un mal sueño; queda solamente el recuerdo en el paciente y el temor  (que yo comparto, aunque me callo) a que regrese en algún momento a recuperar su lugar. Persiste, igual que la cara de susto en un niño al despertar de una pesadilla. La memoria del dolor es uno de los grandes enemigos a los que me enfrento, junto con el dolor que no muestra su causa: ésta es tan difusa o tan enorme, o está tan intimamente ligada a la persona (como si naciese con ella, una especie de gen anómalo indiscernible a nuestro ojo) que sólo puedo dar golpes a ciegas, a veces ni eso.
En este agosto tan herido, alguien aún joven fue definitivamente arrollado por esta pena infinita y decidió -todo son suposiciones, no se quedó aquí para explicarnos, y su sangre fría todavía me impresiona- que se trataba de un estado permanente, arraigado en su existencia, sin solución ni cambio. El dolor de dentro, la melancolía, es tan difícil de llevar que corremos el peligro de que nos lleve o arrastre ella…

    Hay pues una pena que nace de nosotros, de algún hueco o espacio muerto entre vísceras y huesos -aún no lo he palpado, pero no desisto de intentarlo- y que se propaga con más o menos celeridad por todas las demás cavidades de nuestro cuerpo. Cuanto más vacío dispongamos, mayor será el estropicio: el dolor se cuela por cada rendija, por las grietas y gateras que vamos dejando crecer con nosotros. Y llega alguien que hiere o agravia, o sufrimos un golpe -un perjuicio, una desgracia, algo que nos recuerde la fragilidad como una especie de memento mori- y sucede el quebranto. La catástrofe íntima.

    No imagino nunca que alguien desee o piense hacerme daño. Ni que permita que tal cosa suceda. Cuando disfruto los días felices, confío en que la dicha durará siempre.
Nunca y siempre son dos palabras que debería desterrar de mi diccionario.
Llegó julio y su golpe, la avería, la pena flojita que crecía más deprisa que las lechugas en la terraza, más rápido que Carla o Mateo; creció hasta que ya no cabía nada más y todo se volvió un dolor vago: las nubes más negras, la luz más naranja, mi cuerpo como flojo, desatornillado…

    En agosto me desperté una mañana y empecé a sellar brechas y roturas. Rellenar vacíos.

    Otra mañana me desperté, y el dolor ya no estaba allí.

 

 

Mecánica/ Lección 1.

Oli levanta la cabeza de la camilla, se gira a mirarme y parece dudar o pensárselo un momento. Antes de que yo pueda abrir la boca para protestar, sonríe y comienza a reñirme suavemente.

-Te vas a cargar el coche en cualquier momento, Elena.

Me asusto. Necesito el Ibiza para trabajar, para ir al cine, para ver crecer a María y -más brusca y asombrosamente- a Mateo y Carla. Me hace falta para conocer Toledo esta Navidad, y volver a Sanabria; y para ir a casa, cuando sea que vaya.
Oli me dice que el ochenta por ciento del desgaste, o del envejecimiento -de las averías al fin y al cabo- de los automóviles se deben a las arrancadas en frío; y tú sales como una moto, sin esperar siquiera a que se temple el motor. Si al menos arrancases primero, antes de ponerte el cinturón, antes de preparar tus cosas -enumero mentalmente: la botella de agua, el manos libres, pedacitos de chocolate, Van Morrison o Mark Knopfler o Canon y Giga sonando una y otra vez, el aire caliente dirigido a mis pies- algo ganarías, aunque fuese poco.

Me digo: es verdad.

Oli vuelve a encajar la perilla trigueña en el agujero de la camilla. Dice: arranca el coche y tómate tu tiempo antes de ponerte en marcha. Y durante un rato, no corras. Su voz suena extraña así dirigida hacia el suelo, como si no me hablase a mi sino que reflexionase en voz alta; por un instante me convenzo de que no escucho más que el eco desvaído, perdido, de un consejo ofrecido mucho tiempo atrás.

Piensa antes de actuar. No digas lo primero que se te venga a la boca. Consúltalo con la almohada. No te precipites. Ten calma.

- Hazme caso, el Ibiza puede durar aún muchos kilómetros. Pero no lo aceleres hasta que el motor se haya calentado; como de aquí a Cerralbo, por lo menos. No hay prisa, no?.

No, no la hay. Seguro que no, pero a ver quién cambia a estas alturas.

-Vale, siéntate despacio. ¿Te mareas? ¿No?. Ok, relaja el hombro. Eso es, todo lo que puedas.
-Y tú relaja al conducir, que parece que te persiguen.
Me río, no puedo menos. Termino de estirar su cuello sin conseguir -una vez más- que abandone la cabeza en mis manos, y me ayuda a recoger. Prometo poner cuidado en lo de las arrancadas, y en no salir corriendo, y en no forzar el coche sin motivo. Prometo tener paciencia, le digo. Él asiente con la misma convicción que yo he demostrado (y no estoy segura de si esto es bueno o malo) y lleva una de las camillas al Ibiza.

Oli no es consciente de ello, pero le estoy prometiendo no sucumbir a un impulso antiguo -no recuerdo desde cuándo, pero la sensación es la de haberme acompañado toda la vida- e irresistible: salir corriendo.

Noviembre

Pepi: murió de repente una tarde de este verano recién olvidado, sin tiempo para despedirse ni para recibir besos o consuelo, sólo el justo para decir estoy cansada y sin embargo pretender recoger la mesa. No alcanzaba aún los setenta años. Le dolía la espalda.

A.: conté su historia en un post, hace ya un tiempo. Casi tres años desde que decidió marcharse definitivamente, ignoro si fue un arrebato (una alucinación, un brote psicótico) o el final previsible (que no lógico, pero…) de su doloroso camino. Me cuentan que sus padres aún rompen a llorar cuando alguien les pregunta o presenta sus respetos.

Chelo: su marido murió hace muchos años, y con él la alegría honda y espontánea, el genuino entusiasmo de quien se ve capaz de ser feliz por largo tiempo.

Nuria perdió a su padre y su hermano en un accidente de tráfico. La madre de Lucía pasó, en menos de un minuto -unos sorbos de café, el estribillo de una canción, lavarse las manos- de ser madre de ocho hijos a madre de seis; también la causa fue un coche.

Isabel llevaba treinta y tres años llorando a su bebé, fallecido a las pocas horas de nacer. Desde hace casi un año, todo apunta a que el niño en realidad fue robado y entregado a otra familia. Ella nunca volvió a ser la misma, y ahora no sabe qué hacer; si llorar al niño o el tiempo perdido e irrecuperable.

Cleofé, a quien alcancé ver en sus últimos días de agonía silenciosa. Sin canciones desafinadas, ni risas ni un gesto en los labios (que ya no volvió a pintarse).

La hermana de Rosa, tan joven.

Mi madre, hace siete años ya. También en noviembre.

Todos ellos son recordados cada uno de los días del año por aquellos que los quisimos (o tan sólo los tratamos fugazmente, basta con eso a veces), pero de una forma más pública en noviembre. Yo no voy al cementerio a llevar flores el día primero, pero veo a los cientos de personas que acuden y pasan un rato rezando o rememorando a los suyos.

No voy al cementerio, repito; pero no porque esté lejos o porque no me gusten esos lugares. Unicamente no visito la tumba de mi madre porque es demasiado física, como si me confirmase cada una de las veces que ella está allí y no en otro lugar, que ya no es en la manera en que soy yo misma, que no conoce (ni padece) lo ocurrido desde su marcha.
Y esto lastima demasiado mi modo de relacionarme con los muertos, claro. Mentiría si dijese que pienso en ellos constantemente -nadie soporta eso más que los primeros días del luto, no sin caer enfermo- o que lo hago de manera consciente y concentrada. Diría que es más bien una forma de percepción, una sensación esporádica de la huella de los que se fueron. Alguien me habla, por ejemplo, y casi oigo la voz de mi madre con un consejo similar (o un aviso sobre lo que estoy escuchando), o quizás es el tono de voz lo que me la evoca; o voy por una calle y se me viene a la mente la cara de Pilar, o de Matea. Afortunadamente aún son pocos los que he perdido, lo más frecuente es la impresión de mi madre: como un fotograma, fugaz, que se desvanece sin pesar.

Noviembre no es triste para mi, pero es diferente. Quizás sean los grises habituales del cielo, la luz que se acaba tan pronto sin yo advertirlo, las hojas muertas y los frutos caídos, el aire de abandono que invade los pueblos a los que acudo a trabajar. Sin embargo, hay tanta belleza en el campo ahora que es difícil que la pena prospere. Ayuda que ella no fuese persona melancólica, la evoco sonriendo o con gesto cariñoso, y las más de las veces no es una imagen sino una sensación: un rastro vago, el poso de los que un día estuvieron y nos acompañaron y que siguen ahí, permanecen -obstinados- en nuestra memoria.

Ayer conducía por la sierra, atenta a la aparición de los pequeños corzos que cruzan la pista forestal y tanto me maravillan. Dejé atrás los castaños, los alcornoques, el pinar sombrío; me incorporé a la carretera justo cuando el sol se ponía: encinas solitarias, siluetas de troncos ya huecos, naranja en el horizonte. Planicie. En el coche llevaba membrillos y manzanas. A veces da gusto trabajar los sábados.
Tanta vida que me rodeaba y al mismo tiempo me recordaba algo parecido a la finitud, que me inundó la ternura y la memoria de todos ellos. Bendito noviembre.

Newton y Hopper en la estación (Sunset)

    No es por la belleza. Es cierto que la he entrevisto, si bien muy rapidamente y de refilón -por el rabillo del ojo- en varias ocasiones, cuando regresaba en coche a casa: el llano, la extensión de cereal en crecimiento, la línea definida del horizonte y sólo una construcción aislada en el mismo centro de la imagen.

No es su belleza, repito, sino el impacto que causa en ella la luz. Circulo a bastante velocidad y la casa se perfila a mi derecha contra el sol que comienza a retirarse, mostrando sucesivamente dos de sus caras visibles (lateral, fachada), y en un momento dado -brevísimo, como un fogonazo- puedo ver la primera luz anaranjada a través del hueco de las ventanas.

Así que, fascinada, paro y aparco el coche a un lado, cojo mi bolsa y avanzo despacio por la carretera hasta que me encuentro justo en la perpendicular -aunque muy lejos- de la casa; y entonces me siento en la hierba y miro.
Y entonces llega la belleza.

Es una pequeña estación, una de las nueve que orientan la línea abandonada que lleva a Fregeneda. Sólo la acompañan dos árboles a cada lado, no distingo de qué especie. Dichosa atracción por las ruinas y despojos, por los restos de lo que un día fue y ya no es.
Los árboles, sin embargo, rebosan vida.

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    Alcanzo una manzana que llevo en el bolso. No puedo evitar analizar analizar el gesto, todos los componentes del movimiento:
“…inclinación del tronco a la derecha, traslado de carga a esa hemipelvis y elevación de la izquierda, rotación superior del tronco a la derecha y elevación del hombro izquierdo, apoyo sobre mano derecha controlando la carga mediante flexoextensión del codo. Brazo izquierdo en aducción y elevación, extensión del codo al tiempo que la mano se abre progresivamente. Una deliciosa manazana fuji, roja y crujiente. El ojo ha valorado, calibrado su tamaño y los dedos se extienden sólo lo necesario para cogerla. Clac, eres mía. Proceso inverso para volver a la línea media, sin soltar la fruta, sin aplastarla. La presión exacta…”

Es una especie de juego que comenzó en el curso de Análisis del movimiento, hace un mes, y no sé si es eso o la propia manzana que me traen a la cabeza a Newton:

    Tercera Ley de Newton o Ley de acción y reacción:

“Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria; o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto.”
(Expone que por cada fuerza que actúa sobre un cuerpo, éste realiza una fuerza de igual intensidad, pero de dirección contraria sobre el cuerpo que la produjo).

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    Se intuyen los últimos rayos de sol atravesando limpiamente esas ventanas sin cristales ni postigos, y adivino la maleza y alguna viga caída, algún trozo de yeso desprendido de las paredes. Pero con nitidez sólo veo los árboles y la casa vacía, retirados. Así me he sentido yo un tiempo. Hueca y alejada.
Sin embargo, no me reconozco en el cuadro de Hopper -otro fogonazo que se me aparece de repente- “Casa junto a las vías del tren”, mientras observo la estación y muerdo mi manzana y pienso en Newton. Se me viene a la cabeza otro, que guardo en forma de postal en mi casa, en el que una mujer sentada en la cama mira la ventana que tiene enfrente. Se titula “Morning sun” (1952), y aunque yo ahora gozo de una luz distinta -”Sunset”, supongo- la postura, la disposición del cuerpo y el ensimismamiento de esa mujer y el mío son muy similares, si no idénticos.
    Acción: Me siento en la hierba.
   Reacción: la hierba me empuja, me sostiene y no me hundo.

   La luz del sol continúa declinando y perdiendo intensidad. Curiosamente, los contornos de la estación se muestran cada vez más definidos contra el cielo azul. Al fondo, un resplandor naranja. En esta quietud de óleo, todo se vuelve tan hermoso.
Supongo que era cuestión de esperar. Así que mastico y espero.

    Acción: me besan el hombro.
   Reacción: la piel de mi hombro responde erizándose.

    Rozo ya los treinta y tres años, los tengo en la punta de los dedos. Mirando mis manos enumero términos anatómicos que son también una suerte de geografía:
    ” …eminencias tenar e hipotenar, desfiladero torácico, meseta tibial…”
Recuerdo la arquitectura de tu cuerpo mejor que esta tierra asolada. Tu bóveda plantar, el arco de tu mano, los pilares del diafragma que te permiten respirar.
Miro mis brazos, mis piernas. Apenas he cambiado desde los veintitrés. Noto el tránsito en la piel, más cansada y vencida y con manchas y pecas que surgen sin avisar. Pero la fuerza y la flexibilidad son las mismas. Quizás la diferencia es que conozco -y respeto- más mis límites.
(Por curiosidad, he sabido que Hopper pintó la “Casa junto a las vías del tren” a los cuarenta y tres años, y “Morning sun” con setenta. Isaac Newton publicó su Ley Universal con cuarenta y cuatro años. Una sensación estúpida de tener tiempo por delante, cuando podría ser justo lo contrario).

    Acción: Te hago daño.
   Reacción: Me hieres.
Un inciso sobre la Segunda Ley: Los pares de acción y reacción, aunque tengan el mismo valor y sentido contrarios, no se anulan entre sí porque actúan sobre cuerpos distintos”. Aunque actuásemos igual, las consecuencias siempre serían diferentes para cada uno. Sonrío al pensar que poseo mis propias manchas, y mis legítimas cicatrices.

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    Uno de los cuadros más famosos de Hopper es “Nighthawks”: noctámbulos en la barra de un bar, de noche. Hopper pintó casas, hoteles, playas retiradas y personas incomunicadas. Parejas juntas en la misma estancia, pero que no se ven. Hombres y mujeres que miran en soledad el horizonte, o una ventana.
Sigo preguntándome si, de estar aquí él ahora, pintaría esa estación o me dibujaría a mi.

    Acción: Observo tus pasos.
   Reacción: No hay reacción.
(¿es esto posible?)

    Apenas queda claridad. He de irme, antes de que pierda esta estampa y se confunda en mi memoria con una tonalidad más oscura. El resto, el despojo de la manzana se ha oxidado en mi mano: una sorprendente transformación del color, y huele como a sidra. Ni rastro de Adán y su serpiente. La tiro lejos y me levanto, pensado en la frase de M. Luther King “aún si supiera que mañana el mundo se habría de desintegrar, yo igual plantaría mi manzano”.

Recuerdo la curva de tu cuello, y el mar al fondo. Esta imagen no se vuelve borrosa, pese a todo y los años. No hay leyes, ni luz que permanezca invariable más que en los cuadros, ni los recuerdos pertenecen al momento en que se generaron. Sólo la vida que nos contiene, poco más.
Vuelvo a tener veintitrés años y arranco el coche.

Navegando.

Es un barco precioso. Y enorme.

Eso es lo que pienso cuando tengo el Guggenheim frente a mi, y eso que hace tres años ya estuve aquí y lo disfruté fugazmente y desde fuera, estaba cerrado entonces por ser lunes y no pudimos pasar -Javier y yo, en los días entusiastas del principio- más allá de esa figura de flores horrorosa que guarda la entrada (Puppy, creo que se llama) y que representa a un perro pero a mi me remite directamente a la lectura de El resplandor  de S. King y me produce los mismos escalofríos que con trece años.
El edificio de Gehry es una enorme, desmesurada nave que permanece quieta en la orilla de la ría de Bilbao. La que avanzo soy yo, boquiabierta y maravillada desde hace un rato, al ver cómo va mudando su aspecto: surgen volúmenes nuevos, colores diferentes. El coloso varía sus proporciones y ángulos, cambia el perfil que me muestra a cada paso que doy. La mañana también es caprichosa y pasa de cielo gris a un alegre sol en poco rato, y sólo lamento no disponer del tiempo suficiente para sentarme frente a este gigante y ver  pasar tranquilamente toda la gama de brillos metálicos sobre sus escamas, mientras declina la luz.

Desde fuera, me sigue pareciendo que un ser descomunal modeló el edificio él sólo, utilizando una espátula blanda y un cuchillo, como una especie de monumental pastel. Regreso a las sensaciones de antaño, a pesar de que el tiempo ha pasado y ha dejado huella y yo ya no soy yo, sin duda. Javier está lejos y los días no alcanzan el mismo entusiasmo, y todo se me parece como aislado, un poco como el estanque que contemplamos M. y yo y que rodea la masa de piedra y titanio.

Piedra, cinc, titanio y cristal.

Dentro, por fin. Al menos siento que algo -no sé bien qué, pero algo que me pertenece o me atañe- progresa, cuando esta vez sí entro (embarco) en el museo y me entrego a sus posibilidades. Porque, igual que el Museu Serralves (el de Siza, en Porto) es un espacio que te lleva, te guía y encauza por su interior y te tienta -no, casi diría que te obliga- a visitar las salas y recorrer más y más metros sin apenas advertirlo, aquí el Guggenheim presenta -nada más acceder, sólo con traspasar la puerta nos caen encima- todas las posibilidades, todas las opciones que sin embargo no son excluyentes…
Cómo explicarlo, este espacio y esta luz que encierran las láminas de metal, que delimita el cristal cayendo como una cortina o un velamen. Esta cabida que asciende, asciende, nos eleva y muestra sus formas imprevistas. Me inclino sobre una barandilla en el segundo piso y por un momento sólo soy consciente del espacio, no del continente, y me parece bellísimo. Una estrechas vigas de hierro frente a mi cruzan toda la extensión hasta la pared transparente de la fachada: se ven docenas de personas donde hace un rato estuvimos M. y yo; duele pensar que ya no somos los mismos, y eso lo pienso a menudo pero no en intervalos tan breves, tan mínimos. ¿Cuánto puede mudar una persona en treinta, diez minutos?.
Si en esos ocho, seis minutos no nos dirigimos la palabra, ¿ha cambiado algo entre tú y yo?.

- Creo que voy a hacer de funambulista suicida un rato, caminar por estas vigas sobre la mirada de toda esa gente de fuera. Puede que tú y yo aún estemos entre ellos y eso me salvaría y me impediría caer (eso me sostendría).

En realidad, lo que digo es
-Me encanta. ¿Entramos ahí?.

La única exposición que me gusta es la de esculturas de Richard Serra. Una serie de enormes, desmedidas planchas de acero que moldea como un embudo, como una espiral, próximas entre ellas pero ligeramente divergentes, mínimamente inclinadas… Una puede penetrar en ellas, adentrarse en su misterio, progresar en el espacio que las separa.

El espacio. Y yo, caminando por él, en ellas. El espacio que cambia si acelero y corro. La línea que delimita la plancha y que se acerca, se aleja, declina suavemente. El sonido de docenas de voces, de niños chillando y pasos -se alejan, se pierden- y murmullos de extranjeros y exclamaciones de aprobación en mi propia lengua; y no consigo ver a mi alrededor ni una sola de esas personas, sólo acero, levemente rojizo.

El sabor metálico de la soledad, como un empaste antiguo. M. está lejos, apoyado en la pared, cuando por fin salgo -escapo- de la última escultura. Me toca la cara y pregunta “¿estás bien?”

-¿Tienes idea de a cuántos hombres han amado aquellas mujeres que un día fui? ¿Crees que ahora siento alguna lástima por ellas?.

Pero lo que me escucho decir es más bien
-Claro. ¿Subimos?.

Al rato, deambulo perdida por las salas repletas de presunto arte y supuestas personas que lo disfrutan. Me sitúo frente a un Picasso y no me dice nada. Veo instalaciones y trozos de basura, y vaciados y muebles que guardan frascos de sesos vacunos en formol. Sólo siento indiferencia y un creciente cansancio y el espacio que se va encogiendo y sugiriéndome salir (casi obligándome). Me busco un rato en la mirada de M., le encuentro paseando solo entre la multitud, disfruta deslizándose entre la gente y dejándola atrás.

No me encuentro.

M. en el vientre de la ballena. Por fin nos vemos, me toma la mano, esboza una sonrisa contagiosa.
- ¿Nos vamos, cariño?.
No digo nada. Sonrío y camino a su lado, y me quedo entre las planchas de acero oxidado y sobre las vigas de hierro, y le pregunto si lloraría al verme flotar boca abajo en el estanque de fuera, rodeando la piedra y el titanio.
En realidad, pregunto cualquier otra cosa.

Aguardo a que se hunda el barco, respirando pesado (y levemente rojizo).

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