Arcas cerradas.

 

La madre de una de mis pacientes ancianas (esto es, alguien que pasó por el mundo hace ya bastantes años) le solía repetir con cierta frecuencia, cada vez que su (entonces joven, entonces inexperta y  cuando aún creía saber algo) hija criticaba a un vecino, o suponía conocer a una amiga o familiar, o adivinar las motivaciones de alguien, o se atrevía a censurar lo dicho por una u otro:

“Hija… somos arcas cerradas”.

Nadie sabe nada de mi, ni yo de nadie, en realidad. No conocemos cuánto encierra o guarda aquel que nos mira de frente. Cuánto odio, rencor, amor o miedo. Cuánto de cierto.

Me gusta que mujeres que jamás conoceré me enseñen verdades como templos.

Limpieza (II)

Qué vas a hacer hoy, me preguntó Oli. Y aunque era sólo una idea, no ya sin madurar sino ni siquiera germinada, respondí muy decidida: voy a limpiar la casa. Y a tirar penas. Se rió, claro, así que insistí: meteré tristeza en cajas y bolsas y la echaré a la basura.

-Muy bien, pequeña. Que limpies bien.

Se supone que es una cuestión de tiempo, pero mi vieja manía de acelerar las cosas, de vivir con prisa como si no dispusiese de días (y quizás sea así, puede que ese sea el miedo que me ha quedado como cicatriz) y salir corriendo y empezar de nuevo. O porque detesto esperar tiempos mejores mientras la vida avanza y me devora. Las canciones, las puestas de sol, las cigüeñas y las huellas en la arena, los cuadros de Vermeer y las películas con Matt damon, la risa en medio de la multitud, los perfiles a cotraluz; todo estaría ahí cuando las cosas mejorasen y yo volviese a ser en parte la misma (nunca igual, ya no más); pero me habría perdido tantas cosas en ese intervalo que no podría soportarlo. Y no sería justo.

Arrancar de las paredes la imagen y el olor de lo que fue y lo que planeaba ser. Amontonar risas y enfados. Desmantelar los andamios que resultaron defectuosos. Sonreír mientras lo haces, todo el tiempo, y decir “ok, gracias, mucho mejor hoy”.
Si repites esto suficientes veces, dejará de doler.

Te creo.

Limpio la cocina, el baño, cambio sábanas y lloro un poco. Al rato un mensaje de Oli pregunta cuántos contenedores he llenado. No los suficientes, digo. Pero no desisto. Una nunca sabe cuánto se acumula en una casa.

Tengo tanto amparo como puedo necesitar, no debería seguir triste. No tengo derecho a estar triste, pienso. Y al rato digo en voz alta: no tienes derecho a estar bien. Luego me arrepiento: claro que lo tiene.

Bajo al contenedor con mi bolsa y me quedo parada mirándolo un buen rato. Cuando abre su enorme boca verde lanzo el saco -no sé bien qué va dentro, a estas alturas- y murmuro una disculpa, tipo “no le hacía feliz”. O algo así. Giro talones y subo a mi casa con una sonrisa, por fin sincera.

 

Limpieza (I)

Estos días son luminosos, pero sin brillo…  Me despierto tarde el domingo, a pesar del calor. Camino hacia el cuarto de baño como por un campo de minas (ese algo extraño, esa inminencia del desastre que me desasosiega a cada rato, sin avisar) y dejo correr el agua en la bañera. Muy caliente.

Me ducho con pereza, o quizás sin fuerzas. No he puesto música y enseguida me doy cuenta de mi error: la angustia surge (regresa, debería decir) en mi estómago, como un reptil inquieto o un enjambre de abejas, como un burbujeo ácido, un habla atropellada, una confusión, una fiebre. Todo a la vez, y la náusea. Dirijo el chorro de agua al esternón para ahuyentarla, para disuadir el llanto; no funciona. Me tiemblan las piernas y los labios, empiezo a parpadear deprisa mirando la cortina cerrada. Cortina nueva para mi casa nueva, había pensado sonriente.

Mi vida nueva.

No tengo por dónde escapar, me digo. Lo digo en voz alta, en realidad. Cierro la ducha y me siento en el fondo de la bañera, abrazándome las rodillas, esperando absurdamente que las cosas mejoren.

 

Dreamwood

Veo la escena en colores suaves, matizados, como de lápices de pintura. Es de noche -hay una luna llena, enorme y redonda como un pan, en la esquina superior izquierda- y los árboles tienen un tono verde oscuro un tanto tenebroso; sin embargo, apenas distingo sombras.

Veo más troncos de árboles allá hacia el fondo, y un arbusto que podría ser una zarza, pero también retama, o espino. El perfil de una colina trazado limpiamente contra el cielo negro  y bajo la luna gris. Y una lechuza ojiplática en una de las ramas altas que diferencian unos árboles de otros: debajo de la masa indistinta de las hojas hay una maraña de múltiples trazos marrones, como un techo de madera sobre la hierba del primer plano.Veo, veo. En el ramal descubro dos nidos, otra lechuza a lo lejos (más pequeña), una ardilla y una casita de madera para pájaros -para el cuco, pienso al instante- con tejadillo a dos aguas.

Es una imagen, lo sé; el recuerdo de una estampa infantil que en algún momento los ojos han registrado, y recuperan ahora que mi voluntad descansa y las defensas se ausentan largo rato. Esa -digamos- inquietud por comprender (y comprenderme), esos intrincados y difíciles mecanismos de blindaje y disculpa (el análisis, la búsqueda constante), conceden una tregua.

¿Qué ves?. Dejo caer la mirada por toda la pintura, admiro los colores difuminados, me aproximo en rápido zoom a los detalles que atrapan mi atención. En el claro de hierba -protagonista indiscutible- hay una enorme cama en la que una figura descansa o duerme, inmediatamente sé que soy yo: no lo deduzco ni lo supongo, es una percepción, indudable como acostumbran a ser los recuerdos (y eso en realidad es nada, es humo). Reconozco rasgos míos en ese dibujo: cierto gesto concentrado, con el ceño levemente fruncido; la blancura exasperante de la piel, el cuerpo escondido bajo las mantas. Un pequeño trazo que representa la nariz. Lleva flequillo a un lado, que yo no uso ahora pero sí entonces, cuando mi sueño sobrevenía puntual y se prolongaba durante horas infinitas, o elásticas más bien, azules y despreocupadas.

Mientras pienso si tocar la imagen -apartarle o apartarme el pelo de los ojos, puede que ni en mi propia fantasía me esté permitido- reparo en una luz a la derecha, un resplandor anaranjado o amarillo, como un fuego encendido más allá de los límites del cuadro. La posible -probable- fogata aporta un matiz cálido a todo el conjunto, un tenue resplandor que suaviza el aire siniestro del bosque nocturno. Y está la música, claro. Suena discreta, no como un murmullo sino un fondo constante, como si la llevase escuchando desde siempre, un sostén invisible de toda esta historia. Una melodía melancólica que me arrulla (a las dos: la que observa y la que duerme), me mece; y asciende luego como un revoloteo de pájaros, entre violines, sólo para dejarme caer suavemente y volver a empezar otra vez. Me resulta tan familiar que me relajo un poco y espanto -un gesto breve con la mano, limpiarse las sienes- el deseo de gritar llamando a alguien, de pedir ayuda.

Continúo callada y vigilando, y ella sigue durmiendo. Así son las cosas, pienso; en un año de (muchas, y algunas dolorosas) constataciones, ésta es sólo una más, le digo. Escudriño el ramal dibujado sobre nuestras cabezas -a estas alturas, soy una figura más pintada a carboncillo- y distingo ojos brillantes, hojas que se mueven, corrientes de aire frío. Alimañas que acechan y ramas cayendo con estrépito, nidos en peligro, personas que llegan y luego se van y algunas que no regresan nunca. La sensación de caer y no estrellarte todavía, y así durante años. El aire helado; sí.

Así que retiro la mano -aún adelantada, dispuesta a despejar la frente del molesto flequillo infantil- y me quedo cruzada de brazos, la dejo dormir y soñar con músicas en bucle infinito, con sonrisas desvaídas y olor a vainilla, con amor en lingotes como barras de turrón. Y no sé si me invade la pena -una pena flojita, perezosa, por las dos- o una modesta alegría de poder decir “yo sé a qué me refiero“.
Al rato me desperezo y salgo volando hacia las copas de los árboles, moviendo mis alas con cuidado, y entro en la casita del cuco. Tejadillo a dos aguas.

(La música sigue sonando, la recuerdo al despertar: es “A call to arms”, de Micah P. Hinson).

Dolor (II)

Una mañana llegaron las cosas bonitas y lo invadieron todo con su particular calma: luz de domingo derramándose sobre el edredón multicolor; las vacas en el prado, pacíficas y satisfechas; el perfil de las ramas de los árboles contra el cielo azul cuando caía la tarde. El calor del persistente verano. Las cosas bonitas no avisan nunca, sino que van brotando tras de ti como las huellas de tus sandalias para que dudes siempre, cuando vuelves la cabeza, de si estaban ahí desde el principio (pero tú no habías reparado en ellas) o surgieron de repente.

Mi único día completamente libre de agosto fuimos a la playa fluvial y montamos en piraguas. Me dejé llevar por la pereza, leyendo unos ratos y dormitando otros mientras mis huesos se calentaban al sol. Me sumergí en el agua mansa, aleteé lo más fuerte que pude y nadé hasta cansarme. Tenía una canción de Damien Rice metida en la cabeza, como un gusano musical de los que habla Sacks; incluso bajo el agua distinguía su voz resignada y su nostalgia, y los restos de mi propia tristeza golpeándome las sienes…

La Puerta (y la mermelada).

Wall y Melzack propusieron la teoría de la Puerta Control sobre la transmisión (y control) del dolor en el cuerpo humano. Muy resumidamente, venían a decir que todos los impulsos nerviosos que viajan hacia el cerebro -incluida la información del dolor- pasan a través de un sistema o puerta situada en la médula espinal: si ésta se encuentra abierta, nuestro cerebro percibirá el dolor, y no lo sentiremos si se cierra.
El estrés y la depresión abren este mecanismo y aumentan la percepción dolorosa, por lo que la persona puede verse inmersa en un bucle de dolencia y lamentos difícil de romper. Los fisios usamos corrientes eléctricas que estimulan las fibras gruesas (de conducción más rápida), de modo que cuando la señal del dolor llega a la puerta control, ésta ya se encuentra saturada con nuestra información, y cerrada. 
Así que el truco consiste en colapsar la puerta. No dejar huecos para el dolor.

Volví a despertarme entre aturdida y perpleja después de las horas de insomnio y duermevela inquieta, como si flotase sobre un descomunal zumbido. Está comprobado científicamente que los humanos activamos los circuitos cerebrales de la ansiedad cuando siendo bebés percibimos la ausencia de la madre, los mismos que se disparan de adultos frente a un fracaso sentimental. En el fondo, no aprendemos nada.

Cuando me derrumbó lo de J. (han volado ya tres años), cada tarde volvía a casa corriendo y me pasaba horas encajando piezas en un puzzle: cada vez que restituía alguna de ellas su posición original, sentía que no todo estaba perdido y que cierta lógica permanecía intacta en el universo. Y estaba tan concentrada en esa tarea (en esas milésimas partes de un todo) que no cabía nada más, ni siquiera mi añoranza, mi tristeza en capas. Esta vez, este año, ocupé mi tiempo y mi cabeza con las mermeladas caseras: mermelada de cereza y fresa, y de mora con bayas de saúco.
Para hacer una buena mermelada, hay que permanecer cerca y alerta, mezclar despacio la fruta y remover constantemente con una cuchara de madera. Mango y nueces; higos con ron añejo; tomate con albahaca. Paciencia y atención. Muy poco a poco la mermelada espesa, al tiempo que va mermando. El dolor también lo hace.

Punset y las bellotas

Con la excusa de buscar moras para estas cosas volví a los paseos por el campo. Allí seguían esperándome las ramas caídas y las flores chiquitas; los ríos flojos de caudal, avanzando con desgana entre las piedras de su cauce. Encontré bellotas y diminutas piñas de simetría fascinante, y me las llevé para pintarlas de colores en casa.

Regresaron las ganas de hacer fotos, de leer y escribir, de conducir con música. De sentir el sol, cuando el verano era ya un mal recuerdo. Entre castaños que amarillean y dejan una mullida alfombra dorada, una piensa que la vida es deliciosa y olvida el dolor sufrido y el imaginado, el temor antiguo de quedarme atrás, las respuestas minerales de M., la ausencia de sueños por las noches

Eduardo Punset insiste en definir la belleza como la ausencia de dolor, que deja una huella visible en nosotros, y a veces en nuestras generaciones posteriores. Por suerte, no estamos diseñados para aguantar o mantener mucho tiempo el dolor.
También aconseja, curiosamente, que nos concentremos en el árbol y no en el bosque. Que aprovechemos y exprimamos las cosas pequeñas (incluso una minúscula bellota puede hacerme sonreir), y que admitamos la evidencia de que ningún estado de felicidad es permanente. Por suerte, tampoco estamos diseñados para ello.

Pienso qué clase de persona quiero llegar a ser.

Podría jurar que lo intento.

Cada noche pido que se me conceda un día más sin dolor.

Y cruzo los dedos.

Dolor (I)

Dolor: 1. Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior. 2. Sensación de pena o congoja. (Diccionario de la RAE).

    Ha sido un mal verano, un verano triste. Julio de lágrimas y agosto de silencio. El mes de mi nacimiento, el más soleado y perezoso, se transformó en treinta y un días tensos y crispados, agotadores en el trabajo y melancólicos en las escasas horas de asueto; tres kilos menos  (lujo que no me puedo permitir) en un cuerpo que protestaba cada mañana y largas reflexiones absorbentes, circulares e improductivas. El dolor, cuando te atrapa, no deja espacio para nada más -ni siquiera para el sol de los domingos, las cigüeñas, las cenas con amigas, los planes de tiempos mejores- y todo se vuelve un buscar su causa y su remedio. Y lo hay, vaya eso por delante.

    Muchas veces, el origen de nuestra aflicción reside en el otro: el que muere, el que nos ignora, el que nos abandona, el que no escucha nuestros consejos. El que no responde a nuestras expectativas, o aquel que nos muestra los errores que cometemos. Etcétera.
Mi tendencia a colocarme en el lugar de ese otro hace que -casi siempre, las excepciones son pocas y ya muy remotas en el tiempo- lo comprenda primero, y lo disculpe después. Hacemos lo que podemos, eso es todo, y no resulta extraño que lastimemos a alguien en nuestro camino; que ofendamos y perjudiquemos a los que nos son cercanos (precisamente a los más queridos, ay); y que esa ofensa y perjuicio quede a veces sin explicación ni excusa, nadie pide perdón por lo que considera inevitable (lo siento, no quise herirte, no era mi intención, eras tú o yo, comprende…).

    Trabajo diariamente con el dolor de los demás. Lo busco con afán, lo provoco, lo rodeo y trato de disminuirlo. A veces consigo hacer que desaparecezca como un mal sueño; queda solamente el recuerdo en el paciente y el temor  (que yo comparto, aunque me callo) a que regrese en algún momento a recuperar su lugar. Persiste, igual que la cara de susto en un niño al despertar de una pesadilla. La memoria del dolor es uno de los grandes enemigos a los que me enfrento, junto con el dolor que no muestra su causa: ésta es tan difusa o tan enorme, o está tan intimamente ligada a la persona (como si naciese con ella, una especie de gen anómalo indiscernible a nuestro ojo) que sólo puedo dar golpes a ciegas, a veces ni eso.
En este agosto tan herido, alguien aún joven fue definitivamente arrollado por esta pena infinita y decidió -todo son suposiciones, no se quedó aquí para explicarnos, y su sangre fría todavía me impresiona- que se trataba de un estado permanente, arraigado en su existencia, sin solución ni cambio. El dolor de dentro, la melancolía, es tan difícil de llevar que corremos el peligro de que nos lleve o arrastre ella…

    Hay pues una pena que nace de nosotros, de algún hueco o espacio muerto entre vísceras y huesos -aún no lo he palpado, pero no desisto de intentarlo- y que se propaga con más o menos celeridad por todas las demás cavidades de nuestro cuerpo. Cuanto más vacío dispongamos, mayor será el estropicio: el dolor se cuela por cada rendija, por las grietas y gateras que vamos dejando crecer con nosotros. Y llega alguien que hiere o agravia, o sufrimos un golpe -un perjuicio, una desgracia, algo que nos recuerde la fragilidad como una especie de memento mori- y sucede el quebranto. La catástrofe íntima.

    No imagino nunca que alguien desee o piense hacerme daño. Ni que permita que tal cosa suceda. Cuando disfruto los días felices, confío en que la dicha durará siempre.
Nunca y siempre son dos palabras que debería desterrar de mi diccionario.
Llegó julio y su golpe, la avería, la pena flojita que crecía más deprisa que las lechugas en la terraza, más rápido que Carla o Mateo; creció hasta que ya no cabía nada más y todo se volvió un dolor vago: las nubes más negras, la luz más naranja, mi cuerpo como flojo, desatornillado…

    En agosto me desperté una mañana y empecé a sellar brechas y roturas. Rellenar vacíos.

    Otra mañana me desperté, y el dolor ya no estaba allí.

 

 

Mecánica/ Lección 1.

Oli levanta la cabeza de la camilla, se gira a mirarme y parece dudar o pensárselo un momento. Antes de que yo pueda abrir la boca para protestar, sonríe y comienza a reñirme suavemente.

-Te vas a cargar el coche en cualquier momento, Elena.

Me asusto. Necesito el Ibiza para trabajar, para ir al cine, para ver crecer a María y -más brusca y asombrosamente- a Mateo y Carla. Me hace falta para conocer Toledo esta Navidad, y volver a Sanabria; y para ir a casa, cuando sea que vaya.
Oli me dice que el ochenta por ciento del desgaste, o del envejecimiento -de las averías al fin y al cabo- de los automóviles se deben a las arrancadas en frío; y tú sales como una moto, sin esperar siquiera a que se temple el motor. Si al menos arrancases primero, antes de ponerte el cinturón, antes de preparar tus cosas -enumero mentalmente: la botella de agua, el manos libres, pedacitos de chocolate, Van Morrison o Mark Knopfler o Canon y Giga sonando una y otra vez, el aire caliente dirigido a mis pies- algo ganarías, aunque fuese poco.

Me digo: es verdad.

Oli vuelve a encajar la perilla trigueña en el agujero de la camilla. Dice: arranca el coche y tómate tu tiempo antes de ponerte en marcha. Y durante un rato, no corras. Su voz suena extraña así dirigida hacia el suelo, como si no me hablase a mi sino que reflexionase en voz alta; por un instante me convenzo de que no escucho más que el eco desvaído, perdido, de un consejo ofrecido mucho tiempo atrás.

Piensa antes de actuar. No digas lo primero que se te venga a la boca. Consúltalo con la almohada. No te precipites. Ten calma.

- Hazme caso, el Ibiza puede durar aún muchos kilómetros. Pero no lo aceleres hasta que el motor se haya calentado; como de aquí a Cerralbo, por lo menos. No hay prisa, no?.

No, no la hay. Seguro que no, pero a ver quién cambia a estas alturas.

-Vale, siéntate despacio. ¿Te mareas? ¿No?. Ok, relaja el hombro. Eso es, todo lo que puedas.
-Y tú relaja al conducir, que parece que te persiguen.
Me río, no puedo menos. Termino de estirar su cuello sin conseguir -una vez más- que abandone la cabeza en mis manos, y me ayuda a recoger. Prometo poner cuidado en lo de las arrancadas, y en no salir corriendo, y en no forzar el coche sin motivo. Prometo tener paciencia, le digo. Él asiente con la misma convicción que yo he demostrado (y no estoy segura de si esto es bueno o malo) y lleva una de las camillas al Ibiza.

Oli no es consciente de ello, pero le estoy prometiendo no sucumbir a un impulso antiguo -no recuerdo desde cuándo, pero la sensación es la de haberme acompañado toda la vida- e irresistible: salir corriendo.

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